Capítulo 8.
Y llegué.
-¡Hola!
–dije con una sonrisa, parecía que me habían estirado las mejillas.
-¡Hola
desaparecida! –dijo Lucía y me abrazaron todas, esos abrazos que tanto se
necesitan en los peores momentos.
Estuve a
punto de dejar escapar todas las lágrimas que inundaban mis ojos durante el
trayecto hasta ellas pero pestañeé varias veces bajo las gafas de sol y
conseguí evitarlo.
Pasamos el
resto de la tarde bien, supe fingir bastante bien que no me pasaba nada,
excepto un momento en el que me preguntaron cómo me iba con Marcos y sentí una
punzaba en el corazón y los ojos de me volvieron a llenar de lágrimas, me
tembló un poco la voz pero conseguí salir del apuro. Espero que no se notara
nada. Volví a casa, era de noche, subí a mi habitación, me cambié y me metí en
la cama con la luz apagada, no tenía ganas de nada. Es increíble cómo te puede
cambiar la vida en tan poco tiempo, hace nada estaba súper feliz con Marcos y
ahora me sentía la persona más desgraciada del mundo. Ya no sólo por el hecho de
vivir por y para él, sino porque te das cuenta de cómo una persona se puede
adueñar de tu vida, de tu cuerpo y de tu alma sin siquiera importarle cómo te
sientes tú.
Y así,
pensando en lo vacía que me sentía por dentro me quedé dormida, una vez más, en
mi cama, mirando por aquella ventana que tantas veces me había permitido soñar
y que ahora tan sólo miraba con los ojos ciegos hasta conciliar el sueño.
Desperté
temprano, no descansaba nada, siempre tenía pesadillas con Marcos. Me llegó un
mensaje al móvil.
-Baja que te estoy esperando -. Me asomé
a la ventana y ahí estaba, apoyado en la moto, mirándome y… ¡estaba sonriendo!
Hacía varios
días que lo único que veía en su mirada era odio pero hoy podía ver felicidad.
Me acerqué al armario con las piernas temblorosas y me vestí, volví a asomarme
por la ventana y seguía esperando impaciente, bajé las escaleras y salí de casa
sin tomar nada, no tenía hambre últimamente. Di la vuelta a la manzana y me
encontré con él. Me acercaba poco a poco y tenía una sensación muy extraña; por
una parte me gustaba verlo sonreír, al fin y al cabo estaba enamorada de él y
no hay nada más bonito que la sonrisa de alguien a quien amas; pero por otra
parte el miedo se empezaba a apoderar de mi cuerpo, en los últimos días estar a
su lado sólo había significado dolor y sufrimiento. Ya estaba junto a él. Me
besó. Sentí muchísimas ganas de abrazarlo y por un impulso lo hice, dos
segundos después él correspondió el abrazo. Ese abrazo me hizo volver a sentir
bien durante un momento, cerré los ojos, podía oler su piel, sentir su
respiración, mi corazón sonreía con ilusión. Deseaba que no acabara nunca ese
momento, pero nada dura para siempre y eso es algo que todos sabemos.
-Lo siento,
siento haberte hecho daño estos últimos días –tenía ganas de llorar, se me hizo
un nudo en la garganta, no sabía qué responder, quería decirle que había sido
un completo cabrón pero ¿y si provocaba otro momento violento?
-No importa –dije
con una leve sonrisa. Y como una tonta enamorada perdoné algo que no debería de
haber perdonado jamás.
-Ven, sube,
vamos a un sitio que te encanta –me dijo subiendo a la moto con esa sonrisa que
hacía que me temblara todo el cuerpo.
Arrancó la
moto y salimos de Cubelles, volvía a ser un día gris, como aquel en el que me
llevó al lago con la cascada en el bosque.
(Poned la canción 4 del reproductor)
Me abracé a
él y cerré los ojos hasta llegar al lugar. Y sí, me volvió a llevar allí, ese
era el sitio donde se respiraba felicidad, amor y libertad, sobre todo
libertad.
Nos tumbamos
en una roca plana que había al borde del lago y apoyé mi cabeza en su pecho.
-Marcos –dije
en voz baja.
-Dime,
pequeña.
-¿Por qué me
pegaste de aquella manera? ¿Por qué te comportaste como un salvaje conmigo?
¿Qué hice para merecer eso? Eres la persona a la que amo, tú me has hecho
sentir viva, tú me has hecho conocer la felicidad, no cambiaría por nada ni por
nadie todas las sonrisas que me has sacado, ni todos los momentos que hemos
vivido. No te cambiaría a ti. Eres lo más grande que he tenido hasta ahora y
teniéndome en lo más alto me hiciste hundir en el pozo más profundo. Te amo,
Marcos. No quiero tenerte miedo, quiero que verte sea siempre motivo de
alegría, no de miedo o tristeza. Esta mañana cuando te he visto me han temblado
las piernas, tenía miedo de acercarme a ti, no quiero eso para el resto de mi
vida… -y una lágrima resbaló por mi mejilla, lo miré a los ojos y a él también
le caían lágrimas.
-No tenía
motivo para hacerlo. Me comporté como un gilipollas. Lo siento, pequeña, lo
siento –dijo abrazándome fuerte.
-¿Y por qué
lo hiciste si no tenías motivo? –elevé la voz.
-¡No lo sé,
joder! –Gritó él también- Solo sé que no volverá a ocurrir –y bajó el tono
haciendo que su voz volviera a ser dulce y agradable.
-Te quiero,
Marcos.
-Y yo, Ruth –contestó
dándome un beso en la cabeza y acariciando mi brazo.
Y eso suelen
decir una vez que lo han hecho, que no volverá a ocurrir, pero ¿a quién vamos a
engañar? Todas las mujeres que hemos pasado por ahí sabemos que no es verdad. Y
ciega de amor esperas que todo vuelva a ser perfecto. Hasta que recibes otro
golpe. Hasta que la luz de la vida se apaga en tu interior. Hasta que un día los
ojos dejan de brillar de alegría.
Y ahora la
pregunta es, ¿tardaría mucho Marcos en romper su promesa de que nunca volvería
a ocurrir?