Capítulo 9.
Noche. Luna
llena.
Marcos y yo
seguíamos en el bosque, al lado de la cascada, el silencio se había apoderado
de nosotros durante toda la tarde; dejamos que nuestros brazos, agarrados al
cuerpo del otro, junto con las sonrisas de complicidad fueran las únicas
palabras que salían de nuestro cuerpo. Se nos hizo de noche pero la luz de la
luna lo iluminaba todo, el lago se veía precioso.
-¿Nos
bañamos, princesa? –me dijo Marcos al oído y mi piel se erizó, le miré a los
ojos, se veían preciosos con esa luz.
-Sí –respondí
yo con un hilo de voz muy cerca de su boca provocando otro escalofrío en su
piel.
Marcos se quitó la ropa y tiró de mi brazo al agua sin
siquiera dejar que me quitara la ropa.
-Imbécil –le grité.
-Es que me gustas más con la ropa mojada –yo puse una sonrisa
borde y se acercó a mí, me agarró de la cintura.
-Pues a mí me molesta la ropa mojada –dije dándome la vuelta
para salir a quitármela pero no me dejó, me pegó de nuevo a su cuerpo y me besó.
-No te preocupes por eso ahora –bajó de los labios al cuello,
puse mis manos en su espalda y le acaricié suavemente con los dedos.
[…]
01:45
(Poned la canción 38 del reproductor)
Seguíamos en el agua. Con los ojos cerrados. Nuestros labios
se perdían en nuestros cuerpos, se buscaban y se volvían a encontrar, frente a
frente. Besos, besos y más besos. Besos de amor. Besos de pasión. Besos de
fuego. Y una vez más nuestros cuerpos volvían a ser uno. Nuestras almas se
unían. Piel con piel. Manos entrelazadas. Sonrisas. Ojos con un brillo especial.
Pupilas dilatadas.
02:17
-Nunca antes
alguien me había hecho sentir tan especial como haces tú cada día que pasa,
Ruth –me limité a cogerle la mano de nuevo y sonreírle. Y es que cuando las
miradas y los gestos hablan solos, sobran las palabras. Él y sólo él. No
necesitaba a nada ni nadie más a mi alrededor para hacerme sentir tan bien.
02:30
Volvimos a
Cubelles, a casa de Marcos. Le mandé un mensaje a mi madre para que no se preocupara,
dormiría con él.
Entramos a
su casa sin hacer mucho ruido. David y Carlos ya estaban durmiendo. Subimos a
la habitación de Marcos y pusimos una película, no tenía ganas de dormir,
estaba deseando pasar el máximo tiempo posible con él ahora que estábamos bien.
Se nos hizo de día, hablamos de todo y reímos
por todo. Fue una noche genial.
Esa misma
noche Marcos, David y Carlos hicieron una fiesta en su casa, por supuesto que
mis amigas estaban pero también había muchísima más gente, a algunos no los
conocía, aunque eso no me importaba yo hacía amigos muy fácilmente.
Propusieron
un juego “verdad o consecuencia en globos”, el juego consistía en que se
escribían en papelitos verdades y consecuencias. Tenía que haber tantos papelitos
como personas en la fiesta, la mitad ser verdad y la otra mitad consecuencia.
Metieron cada papelito dentro de un globo y los hincharos. Después de uno en
uno cogíamos un globo, lo explotábamos y teníamos que hacer lo que decía
dentro. Salieron cosas muy picantes de ahí.
El alcohol
empezó a apoderarse de mi cuerpo, realmente todos íbamos en las mismas
condiciones, así que no importaba.
Subí las
escaleras para ir al aseo, arriba no había nadie, todo el mundo estaba abajo en
el salón, la cocina o el jardín. Cuando salí del aseo me encontré a David en la
puerta esperando, qué pesado era, joder.
-¿Qué
quieres David?
-Si ya lo
sabes, ¿para qué preguntas? –se acercó a mí y me pegó a la pared, me acorraló
una vez más, parecía que le encantaba hacerme eso.
-David, déjame,
vas muy mal, yo no tengo ganas de discutir y no quiero que ninguno de los dos
tengamos problemas con Marcos.
-¡Joder,
David, que te he dicho que no! –le grité intentando quitármelo de encima pero
no pude.
-¿Qué pasa,
Ruth? –giré la cabeza y vi a Marcos en las escaleras.
-Que este
gilipollas no me deja en paz.
-Es que
resulta que a este “gilipollas” le he dicho yo que te retenga aquí –dijo acercándose
a mí. Estaba acorralada por dos tíos a los que les tenía bastante miedo, sobre
todo sabiendo de lo que eran capaces.
-Marcos, por
favor, deja que me vaya –le pedí con los ojos llenos de lágrimas, empezaba a
estar bastante asustada.
-Tú no vas a
ir a ninguna parte –contestó.
-Por favor –dije
llorando desconsoladamente, le intentaba empujar pero tenían más fuerza que yo
y eran dos contra una.
Los dos empezaron a manosearme.
Grité pero nadie me escuchaba.
Los dos empezaron a manosearme.
Grité pero nadie me escuchaba.
Me encanta *. * .
ResponderEliminarYo también escribo pero dudo que sea tan buena como tú.
Gracias por compartirlo con todos nosotros.
Muchísimas gracias, me hace muy feliz leer comentarios como este.
EliminarSeguro que sí escribes bien, si me pasas algo tuyo lo leeré con mucho gusto.
¡Un besito!