sábado, 12 de abril de 2014

Capítulo 8

Capítulo 8.

Y llegué.

-¡Hola! –dije con una sonrisa, parecía que me habían estirado las mejillas.
-¡Hola desaparecida! –dijo Lucía y me abrazaron todas, esos abrazos que tanto se necesitan en los peores momentos.

Estuve a punto de dejar escapar todas las lágrimas que inundaban mis ojos durante el trayecto hasta ellas pero pestañeé varias veces bajo las gafas de sol y conseguí evitarlo.

Pasamos el resto de la tarde bien, supe fingir bastante bien que no me pasaba nada, excepto un momento en el que me preguntaron cómo me iba con Marcos y sentí una punzaba en el corazón y los ojos de me volvieron a llenar de lágrimas, me tembló un poco la voz pero conseguí salir del apuro. Espero que no se notara nada. Volví a casa, era de noche, subí a mi habitación, me cambié y me metí en la cama con la luz apagada, no tenía ganas de nada. Es increíble cómo te puede cambiar la vida en tan poco tiempo, hace nada estaba súper feliz con Marcos y ahora me sentía la persona más desgraciada del mundo. Ya no sólo por el hecho de vivir por y para él, sino porque te das cuenta de cómo una persona se puede adueñar de tu vida, de tu cuerpo y de tu alma sin siquiera importarle cómo te sientes tú.
Y así, pensando en lo vacía que me sentía por dentro me quedé dormida, una vez más, en mi cama, mirando por aquella ventana que tantas veces me había permitido soñar y que ahora tan sólo miraba con los ojos ciegos hasta conciliar el sueño.

Desperté temprano, no descansaba nada, siempre tenía pesadillas con Marcos. Me llegó un mensaje al móvil.

-Baja que te estoy esperando -. Me asomé a la ventana y ahí estaba, apoyado en la moto, mirándome y… ¡estaba sonriendo!
Hacía varios días que lo único que veía en su mirada era odio pero hoy podía ver felicidad. Me acerqué al armario con las piernas temblorosas y me vestí, volví a asomarme por la ventana y seguía esperando impaciente, bajé las escaleras y salí de casa sin tomar nada, no tenía hambre últimamente. Di la vuelta a la manzana y me encontré con él. Me acercaba poco a poco y tenía una sensación muy extraña; por una parte me gustaba verlo sonreír, al fin y al cabo estaba enamorada de él y no hay nada más bonito que la sonrisa de alguien a quien amas; pero por otra parte el miedo se empezaba a apoderar de mi cuerpo, en los últimos días estar a su lado sólo había significado dolor y sufrimiento. Ya estaba junto a él. Me besó. Sentí muchísimas ganas de abrazarlo y por un impulso lo hice, dos segundos después él correspondió el abrazo. Ese abrazo me hizo volver a sentir bien durante un momento, cerré los ojos, podía oler su piel, sentir su respiración, mi corazón sonreía con ilusión. Deseaba que no acabara nunca ese momento, pero nada dura para siempre y eso es algo que todos sabemos.

-Lo siento, siento haberte hecho daño estos últimos días –tenía ganas de llorar, se me hizo un nudo en la garganta, no sabía qué responder, quería decirle que había sido un completo cabrón pero ¿y si provocaba otro momento violento?
-No importa –dije con una leve sonrisa. Y como una tonta enamorada perdoné algo que no debería de haber perdonado jamás.
-Ven, sube, vamos a un sitio que te encanta –me dijo subiendo a la moto con esa sonrisa que hacía que me temblara todo el cuerpo.

Arrancó la moto y salimos de Cubelles, volvía a ser un día gris, como aquel en el que me llevó al lago con la cascada en el bosque.

(Poned la canción 4 del reproductor)

Me abracé a él y cerré los ojos hasta llegar al lugar. Y sí, me volvió a llevar allí, ese era el sitio donde se respiraba felicidad, amor y libertad, sobre todo libertad.
Nos tumbamos en una roca plana que había al borde del lago y apoyé mi cabeza en su pecho.

-Marcos –dije en voz baja.
-Dime, pequeña.
-¿Por qué me pegaste de aquella manera? ¿Por qué te comportaste como un salvaje conmigo? ¿Qué hice para merecer eso? Eres la persona a la que amo, tú me has hecho sentir viva, tú me has hecho conocer la felicidad, no cambiaría por nada ni por nadie todas las sonrisas que me has sacado, ni todos los momentos que hemos vivido. No te cambiaría a ti. Eres lo más grande que he tenido hasta ahora y teniéndome en lo más alto me hiciste hundir en el pozo más profundo. Te amo, Marcos. No quiero tenerte miedo, quiero que verte sea siempre motivo de alegría, no de miedo o tristeza. Esta mañana cuando te he visto me han temblado las piernas, tenía miedo de acercarme a ti, no quiero eso para el resto de mi vida… -y una lágrima resbaló por mi mejilla, lo miré a los ojos y a él también le caían lágrimas.
-No tenía motivo para hacerlo. Me comporté como un gilipollas. Lo siento, pequeña, lo siento –dijo abrazándome fuerte.
-¿Y por qué lo hiciste si no tenías motivo? –elevé la voz.
-¡No lo sé, joder! –Gritó él también- Solo sé que no volverá a ocurrir –y bajó el tono haciendo que su voz volviera a ser dulce y agradable.
-Te quiero, Marcos.
-Y yo, Ruth –contestó dándome un beso en la cabeza y acariciando mi brazo.

Y eso suelen decir una vez que lo han hecho, que no volverá a ocurrir, pero ¿a quién vamos a engañar? Todas las mujeres que hemos pasado por ahí sabemos que no es verdad. Y ciega de amor esperas que todo vuelva a ser perfecto. Hasta que recibes otro golpe. Hasta que la luz de la vida se apaga en tu interior. Hasta que un día los ojos dejan de brillar de alegría.



Y ahora la pregunta es, ¿tardaría mucho Marcos en romper su promesa de que nunca volvería a ocurrir?





2 comentarios:

  1. Bua... Estoy llorando, como siempre te has superado. Tus lecturas reitero una vez más, me transportan a un mundo paralelo en el que soy yo la protagonista de mi historia. Enorabuena Almudena, sigue así.

    ResponderEliminar